30 abr. 2010

YA NO ES EL MISMO CIELO



Desde este lugar, en la terraza de la casa de mi madre, veo el cielo nocturno como solía hacerlo hace tantos años; también veo hacia la calle donde jugaba cuando era pequeño, y veo que las luces, en las ventanas vecinas, ya no se apagan tan temprano como se apagaban antaño. Las casas han crecido, las aceras parecen más estrechas que antes, y las imágenes de otros tiempos que han quedado en mi memoria, se han ido haciendo cada día más pequeñas: todavía recuerdo los pinos gemelos, erguidos tan rectos al final de la avenida, y recuerdo haber llorado el día que tuvieron que derribarlos porque no había más remedio. Recuerdo a Bianca con ese aire afrancesado, la recuerdo, bella y espigada, y recuerdo los besos que nos dimos bajo aquel farol, cuando nadie nos miraba, pero su rostro se ha borrado y, en mi memoria, sus labios se volvieron fríos e insípidos después de tantos años.

Recuerdo a mis compinches de adolescencia, Sergio y Fernando, y recuerdo casi todas las cabronadas que hicimos, pero no recuerdo el sentimiento que nos mantuvo unidos en las buenas y en las malas. Recuerdo a los pregoneros: al vendedor de periódicos, al afilador de cuchillos, al zapatero ambulante, y al que compraba papel y botellas vacías para venderlos no sé dónde diablos; con los años, todos ellos fueron quedando en el olvido, como quedó en el olvido el sonido de los pasos de tanto muerto: don Víctor, doña Carmen, don Calín, la Patty, don Meme, doña Tencha y hasta mi propio padre.

Y recuerdo que la luna no era tan pálida, que las nubes no tenían esos colores raros... Que había más estrellas, y que las pocas que quedan brillaban con mucha más fuerza...

Y me recuerdo Yo... Hace treinta años, en este mismo rincón, escuchando la misma música, viendo hacia el mismo cielo. Y aquí estoy de nuevo, soñando los mismos sueños, queriendo las mismas cosas, esperando que la vida sonría… Deseando con toda mi alma que los tiempos aciagos pasen luego.