25 nov 2008

EL CONTADOR DE CUENTOS

El era mi tío abuelo, su padre fue un inmigrante español y su madre una mulata cubana; tenía más de ochenta años cumplidos, su pelo era plateado como su barba, su tez tenía un color bronceado claro y sus ojos parecían dos chispitas de un azul intenso; era la imagen exacta del Caballero de la triste figura: flaco, huesudo, con la cara larga, una estatura que pasaba del metro noventa, un espíritu aventurero y un corazón del tamaño de un barco de carga.

Solía alojarme en su casa a la orilla del mar: un rancho grande de horcones de mangle, paredes de caña y techo de hoja de palma que tenia por dentro el calor que sólo se siente en los mejores hogares; mi primo Fausto y yo pasábamos las noches tendidos en un par de hamacas que estaban colgadas justo al lado de su cama, fumabamos para ahuyentar a los insectos mientras “Tío Chano” encendía para nosotros la noche hablando de mujeres, aventuras en la selva, tormentas en alta mar y cuentos de aparecidos; contaba tan vívidamente sus historias salpimentándolas todas con fechas, lugares, canciones y poemas, que daba gusto escucharlas y darlas por realidades sin importar lo fantásticas que fueran.

Cuando nos sentábamos a la mesa solía tomar la jarrilla de peltre para servirse el café; yo movía su taza de un lado a otro siguiendo el trayecto del inquieto y desorientado chorrito y hacía lo mismo con su plato cada vez que se servía la comida; con frecuencia él encendía una vela para caminar en la oscuridad, en realidad andaba de memoria y la lumbre sólo la usaba para guardar la apariencia; es que mi viejito se estaba quedando ciego y no quería que nadie se enterara de su más grande dolor y desgracia.

La noche del 4 de febrero de 1981 “Tio Chano” esperó despierto a que yo llegara de la capital. Al entrar a su casa me entregó una pequeña caja donde guardaba varios recuerdos: monedas alemanas muy antiguas, que alguna vez pertenecieron a un “tesoro”, una figurilla de jade extraída de de una “ciudad perdida”, un broche de oro y esmeralda que perteneció a una misteriosa “condesa” y algunas fotos ajadas de personajes y lugares que yo jamás conocí. “Esta es mi posesión más querida” -me dijo en secreto- “Te la dejo como herencia porque fuiste mejor que un hijo.......es pa´ que no te olvides de mí cuando ya no vuelvas a verme”.

Que poco se lee en esa lápida que frente al mar se yergue sobre la arena: “Felciano Pelaéz Ambelez. “19 de Sep. 1899 - 19 de Feb 1981” ¿En dónde dice que esa es la tumba de Don Juan Tenorio, El Quijote de la Mancha y Lawrence de Arabia, todos mezclados en uno? ¿En dónde que el que ahí yace era el más grande cazador de sueños y ladrón de corazones? Y ¿En dónde que fue un hombre admirable, mi mas sabio consejero y el anciano mas adorable que yo haya conocido?

3 comentarios

lo dijo Rubén 17 Mayo 2007 03:04 PM
Hola. Me leí anoche tu texto y me encantó, me pareció muy dulce y muy nostálgico. Me recordó enseguida un poco a la película BIG FISH, no sé si la has visto. SI no es así, te la recomiendo. Saludos
lo dijo Bea 18 Mayo 2007 01:02 PM
Es cierto, tiene cierto aire a Big Fish, película que me encantó, una de mis favoritas. Un post precioso, ya tienes una incondicional de tu blog. Un beso y un gran abrazo
lo dijo Gustavo 18 Mayo 2007 11:18 PM
Ahora que lo mencionan veo que tienen mucha razón, la historia de mi tío Chano tiene gran similitud con la película Big Fish, (una de mis favoritas, por cierto) Gracias de nuevo, Rubén, y gracias a ti también, Bea.

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